domingo, 28 de febrero de 2016

I.P.D. - Inducing The Pleasure Dreams (Geometrik 1995)

Aunque conocí a Justo Bagüeste a raíz de Tormenta De Tormento, el primer disco en el que ejercía de Chatarrero De Sangre Y Cielo, su primera colaboración con Javier Corcobado hay que datarla unos años antes, con la edición en 1989 de Agrio Beso y el EP Poemas. Y hay que remontarse aún más atrás si queremos mencionar algunas de las primeras grabaciones en las que participó. A mediados de los ochenta fue miembro de la primera formación de Clónicos, uno de esos grupos fundamentales en el desarrollo de las músicas diferentes en este país, y podemos encontrar colaboraciones puntuales en discos de Glutamato Yeyé, Mestizos y Ciudad Jardín. Un par de años más tarde aparece también ocupando el puesto de saxofonista en Rey Luí.
Volviendo a nuestro punto de encuentro temporal, a partir de este, y durante la  primera mitad de la década de los noventa, fue miembro fijo de Los Chatarreros y de Cría Cuervos, además de colaborar, entre otros, con Suso Saiz en su disco Mirrors Of Pollution, ocupándose del minimoog. Y de la mano de este último, que se encarga de la producción, echa a rodar al año siguiente su proyecto personal bajo el alias de I.P.D., que estrena con este disco de explícito título.
Ahora, que se acaba de demostrar la existencia de las ondas gravitatorias, esas ondulaciones causadas por cuerpos masivos acelerados y que son responsables de las deformaciones que sufrimos en esta variedad de Lorentz en la que vivimos y que llamamos espacio-tiempo, parece buen momento para hablar de este disco que comprime en 55 minutos, y tres partes, el transcurrir de una noche en la capital del país.
Desde el momento que empieza a girar a unas 500 rpm, este CD se convierte en un pequeño objeto masivo que produce de manera continua ondas que dilatan nuestros centros cerebrales del placer, y que nos transportan en un viaje que comienza despidiéndose del sol entre ocasionales ladridos de perros, lo que parecen aviones aterrizando y otros sonidos de la gran urbe, a la vez que van estimulando la recuperación de dulces y lejanos recuerdos de otras noches sin fin entre ritmos-máquinas que harían bailar a cualquier cadáver a altas horas de la madrugada, y que vamos sintiendo cada vez más cercanos y reales.
El viaje continua, los ritmos se acaban, se encienden las luces y las conversaciones llegan difuminadas a nuestros oídos, la mirada perdida en ese horizonte urbano que sigue clareándose. El regreso a casa sigue siendo placentero pero más tranquilo, como nos pide el cuerpo, el CD ya solo gira a 200 rprm, secretos de la relación entre la velocidad angular y la velocidad lineal que hay que mantener constante para que el láser haga su función. Hasta que llegamos, tal era el propósito desde el principio, al mejor colofón que puede tener cualquier noche, dejarnos preparados para empezar soñar.


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